viernes, 19 de octubre de 2007

...¿PARA QUÉ SIRVE EL BIDET?.....Alberto Sato...............................












Bidet, caballo pequeño, en francés. A fines del siglo XIX irrumpe en el espacio doméstico un arsenal tecnológico que rompió el encanto de las costumbres manuales, pero incorporó la excitación moderna de las incesantes innovaciones de la sociedad industrial. Entre éstas, un artefacto totalmente antinewtoniano, el bidet, tenía como principio de la física actuar contra la naturaleza de las cosas, que caen hacia el mundo, hacia la tierra. Poco se habla de él porque se evita mencionar una actividad tan íntima.

La Enciclopedia Británica omitía victorianamente mencionar ese término -quizás por su empecinado rechazo a la cultura francesa-, pero no así el desprejuiciado castizo, cuyo diccionario de la Lengua lo define como "mueble de tocador, que encierra una cubeta de forma alargada sobre la cual puede una persona colocarse a horcajadas…". Pero esta forma alargada tiene una razón -mucho más si una persona se coloca a horcajadas-, porque es evidente que no se utiliza de rodillas.

Le Corbusier, la figura más paradigmática del diseño moderno, preso de pasión maquinista promovía alucinantes dispositivos dentro de su discurso estético en la revista L'Espirit Nouveau de los años veinte, que el público culto leía con avidez. Le Corbusier alucinaba por este aparato cuyas formas no solamente señalaban una verdadera adaptación anatómica, sino que sus grifos y manillas de drenaje parecían mandos de un avión, como un monumento terrestre al mayor descubrimiento técnico de este siglo Sus complicados controles, sin ningún tipo de instrucciones, suponen el conocimiento de su uso, sin embargo, es común el sobresalto cuando el agua no sale por donde deseamos sino que riega caras y techos.

En muchos casos, transgrediendo todas las normas de uso, la gente emplea el bidet al revés, es decir, se sienta con las manos a sus espaldas, situación no solamente incómoda, sino que demuestra que la intimidad tampoco está resuelta dentro del baño. Mucha gente supone que la vida metropolitana acorrala hasta el punto de que este lugar se convierte en el único ámbito de la privacidad, de las fantasías y los deseos; no obstante, en este recinto tan privado, nadie da la espalda desnudo, aun hallándose en la más absoluta soledad.

Socialmente se habla de la higiene y la salud: pero se evita hacerlo sobre qué se elimina de nuestros cuerpos. La escatología es tratada con un recato ensombrecedor que mantiene en la ignorancia buena parte de la cotidianidad. Es difícil disponer de un manual que explique que no hay que ubicarse a horcajadas sino que, debe levitar ligeramente por encima de él, o bien que se debe accionar los controles de frente a la pared. Mucho menos quién fue el genio que inventó semejante dispositivo.

En el París de principios de siglo era frecuente enfriar allí el champagne Mágnum, y todavía hoy se emplea para dejar en remojo prendas íntimas y zapatos deportivos, usos inesperados pero sustitutivos de algunas carencias funcionales del equipamiento doméstico.

Estos artefactos son el resultado de los desarrollos sanitarios de los grandes conglomerados urbanos del siglo XIX, que han sido posibles gracias al recurso del agua corriente en los edificios de viviendas: la ducha constituyó una solución a la demanda de agua y permitió un significativo ahorro de tiempo para la higiene corporal. La ducha es una simulación de la lluvia y no se necesitaba de mucha creatividad o inteligencia para darse cuenta de que unas cuantas gotas de precipitación pluvial eran suficiente para mojarse hasta los huesos. Así, los placenteros baños de inmersión, que requerían de por lo menos cincuenta litros de agua, gracias a la ducha quedaron reducidos a no más de veinte. De las múltiples aplicaciones de la ducha, horizontal para terapias del tipo amansamiento de locos y masajes o para lavarse el cabello, irrumpió el maravilloso bidet, construido de porcelana, bastante más frío que un pequeño caballo francés, que se presume tan cálido como nuestros sensibles cuerpos. Su forma supone recibirnos a horcajadas y nada existe en la naturaleza o en las cosas que tenga esta generosa disposición. Los hay más económicos y de lujo, pero todos se parecen a un bidet. Es perfectamente reconocible dentro del equipo de un baño y, aunque esté instalado en medio de una sala de estar, nadie dudaría en identificarlo.

Este, su verdadero y unívoco atributo formal, no ha corrido la suerte de otros artefactos domésticos, que han sido beneficiados por los avances del diseño y la tecnología. Desde el apartamento parisino del siglo XIX hasta hoy, mantiene su digna forma y sus controles: sólo ha podido ser sustituido en las viviendas modernas por una degradada ducha-teléfono y el papel higiénico, verdadero consumo bioenergético de una sociedad entrópica, es decir, productora de desechos. Fue la practicidad americana la que destruyó el mito: la American Medical Association habló de bacterias alojadas en el disco perforado que proyectaba así agua y miasmas sobre nuestras sagradas intimidades, y este decreto acabó con su razón y su existencia. Fue un interesante ejemplo de dispositivo antinewtoniano.<<<

*texto extraido de: "Cotidiano. Manual de instrucciónes. / autor: Alberto Sato


1 comentario:

aitor dijo...

Parece que el bidé está definitivamente advocado al fracaso...